Prologo: 2008, el año del planeta…

 
 

En una ocasión, el científico alemán Albert Einstein, una de las mentes más preclaras que ha viajado en esta <<joya brillante>>, como la describió el astronauta Buzz Aldrin, comentó:

 

<<La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa>>.

 

<<No heredamos la tierra de nuestros padres, sino que la tomamos prestada de nuestros hijos>> (sentencia india).

 

 

 

La destrucción de las selvas africanas y amazónicas, la incesante desaparición de especies únicas e irrepetibles, la contaminación de los cielos, la polución de los mares, el cambio climático o la desertificación de suelos hasta hace poco fértiles no son desgracias inevitables que sufre el planeta, sino catástrofes que se vierten directamente sobre la Humanidad.

 

Ningún país es ajeno al cambio.

 

En España, el día de Reyes del año 2000, un rayo cayó sobre el Parque Nacional de Ordesa y derribó un abeto podrido. Bajo él sobrevivía el último bucardo español, una hembra, que murió aplastada. Todos sus congéneres habían sido derribados años antes a tiros por los furtivos o habían visto como se destrozaba su medio natural. Ese día, como otros tantos en otras partes del mundo, fuimos más pobres, más mezquinos y estuvimos más solos.

 

Hoy día, nadie duda ya de que las hambrunas, las migraciones desesperadas o las guerras están directamente relacionadas con la inconcebible locura a la que el propio hombre está sometiendo al mundo en el que vive desde hace miles de años. Sólo la educación y la concienciación de las futuras generaciones podrán detener un proceso del que todos somos responsables.

 

Si han conseguido éxitos importantes en la detención del agujero del ozono – la primera de las batallas en las que el mundo ha luchado unido -, la recuperación des especies a punto de extinguirse o la reforestación de áreas que iban a convertirse en desiertos; los esfuerzos no resultan suficientes.

 

Sólo un mundo unido puede detener el proceso de degradación. El consumismo irresponsable, los urbanizadores de paisajes y ecosistemas irrepetibles, los traficantes de la dignidad humana, los egoístas y los que no quieren ver; crearán un frente común para devorar la nave en la que todos viajamos. Y el ser humano tendrá que detenerlos porque sabe lo que tiene que hacer. Somos muchos y más cada día los que piensan que el ser humano ya está dispuesto a realizarlo y en eso estamos…

 

¿Homo sapiens?

 

La ONU ha declarado 2008 como el Año Internacional del Planeta. Se trata de una llamada de atención ante la progresiva degradación de los ecosistemas. El ser humano tiene la última palabra: aún no es demasiado tarde.

 

El Año Internacional del Planeta Tierra: así lo ha declarado la UNESCO, que pretende con esta iniciativa <<contribuir a construir sociedades más seguras, saludables y ricas>>.

 

¿Cómo?

 

Animando a replantear la relación entre la Tierra y el ser humano. El equivalente intelectual a bajarse del planeta, contemplarlo desde cierta distancia y hacerse preguntas. No somos la primera especie capaz de causar un cambio global: hace quizá unos 3.000 millones de años, unos seres seguramente muy parecidos a los que hoy forman babas verdes en las charcas cambiaron por completo la atmósfera, algo en lo que nosotros también estamos empeñados. La diferencia es que sabemos que ese primer cambio nos fue del todo favorable porque nos permitió existir, a nosotros y a todo un universo de nuevos seres. En cambio, la acción humana ha demostrado ya ser letal para un gran número de especies.

 

¿Y para nosotros mismos?

 

¿Cómo seremos, la Tierra y los humanos,

dentro de un millón de años?

 

¿Habremos tecno logizado tanto nuestro planeta que ya no merecerá ser llamado azul?

 

¿Existiremos?

 

Ya que el año 2008 ha sido declarado el año de la Tierra, merece quizá la pena empezar por el principio. Su principio.

 

La Tierra, como los demás planetas del sistema solar, nació hace 4.600 millones de años a partir del gas y el polvo que le sobraron al Sol de su propia formación. Los astrónomos creen que el material de <<construcción>> del futuro planeta azul tardó quizá unos 100 millones de años en aglomerarse, y describen la recién formada Tierra como una bola incandescente de material semihundido.

 

Hace unos 4.000 millones de años ya debía haber océanos y terreno emergido, pero el paisaje que vería entonces un eventual visitante se parecería poco al actual: un cielo anaranjado, probablemente un sol que emitía un 75% menos de energía, una gran luna mucho más próxima que ahora… También, océanos más calientes; días de duración distinta; una atmósfera sin capa de ozono; y desde luego sin oxígeno.

 

Luego llegó la vida.

No es posible saber si la Tierra es un planeta único en términos absolutos, pero lo que está claro es que ninguno de los vecinos con que comparte estrella es como él. La Tierra es, mientras no se demuestre lo contrario, el único cuerpo del sistema solar en que la materia se ha organizado en forma de sistemas vivos.

 

Esto ocurrió hace al menos 3.700 millones de años y resultó decisivo.

Entre los nuevos seres estaban los fotosintetizadotes, microorganismos del estilo de las cianobacterias actuales, capaces de usar la energía de la luz del sol para comer el carbono de la atmósfera en forma de CO2 y emitir oxígeno. Fueron los primeros contaminadores: gracias a ellos la atmósfera se llenó, hace unos 2.000 millones de años, del oxígeno que ahora respiramos.

 

Lo que sigue es una larga historia de éxitos y fracasos.

 

En la lista de éxitos hay que apuntar a las algas, las bacterias y los hongos, que reinaron nada menos que durante 2.000 millones de años. Después, hace apenas 1.200 millones de años, aparecieron los animales multicelulares. Hace 360 millones de años conquistaron la tierra sólida los anfibios, después de que lo hicieran las plantas, los ciempiés y los escorpiones; y hace 210 millones, los primeros mamíferos (pequeños ratones nocturnos que debían escapar de los dinosaurios predadores).

 

En total, cientos de millones de años que la vida ha pasado inventando estructuras nuevas o reciclando antiguas.

 

Y los humanos somos unos recién llegados: si se extienden los brazos y se supone que la historia de la Tierra va de extremo a extremo, cortarse la uña del dedo corazón equivale a borrarnos del mapa.

 

Y sin embargo…<<ninguna especie de todas las que vivieron – y desaparecieron – antes que la nuestra ha tenido una influencia tan grande sobre su entorno, provocando un cambio climático tan radical y en tan poco tiempo como el que se observa actualmente>>, dice Ana Crespo-Blanc, geóloga de la Universidad de Granada y comisaría de la exposición itinerante Planeta Tierra.

 

Sexta destrucción masiva

 

¿Tenemos más influencia sobre el planeta que las cianobacterias?

 

Homo sapiens lleva, al menos, 15.000 años influyendo: primero fue la sobre caza; después, la destrucción masiva de bosques perpetrada en la Revolución Industrial, y, por último, la contaminación.

 

Era inevitable que llegásemos a modificar el clima.

 

No somos cianobacterias, pero tampoco es un mal registro, explica Paco Anguita, geólogo de la Universidad Complutense de Madrid. Para Ana Crespo-Blanc, nosotros podemos ser tan destructivos como un meteorito, porque desde que el ser humano ha colonizado la Tierra, modificándola según sus necesidades y a su antojo, se observa lo que se podría calificar de sexta extinción masiva.

 

Hoy se estima que desaparece una especie al día o, incluso, una especie cada 20 minutos para los más pesimistas.

 

¿Es la invasión humana la causa directa del estrés de los ecosistemas y de la destrucción de las especies?

Lo de salirse del planeta puede decirse hoy en sentido literal. Nunca hasta ahora habíamos podido contemplar, analizar, medir, escudriñar la Tierra como un objeto. En la era espacial hemos conquistado la capacidad de verla como la vería un marciano: una brillante estrella.

 

También como se ve desde la Luna: una esfera azul y blanca recortada sobre fondo negro. Y, lo más interesante desde el punto de vista práctico, como la ven los satélites de observación y los astronautas de la Estación Espacial Internacional: lo bastante cerca ya como para apreciar detalles, pero sin perder la visión del conjunto. Algo así como ver los árboles y el bosque.

 

O, más que el bosque, las extensas selvas tropicales, los atolones de coral, las pirámides…y disponer al mismo tiempo de precisión para medir superficie desforestada, el avance de la desertificación, las variaciones del hielo en el Ártico, el nivel, la temperatura y la salinidad del mar, la tasa de fotosíntesis aquí o allá, las emisiones de dióxido de carbono y el grosor de la capa de ozono… Son datos indispensables para entender el funcionamiento del sistema Tierra y acercarse a ese objetivo es precisamente otro de los propósitos del Año Internacional de la Tierra.

 

Macrociudades

 

Pero centrémonos en algo de lo que ven los satélites: las mega-ciudades.

 

En el Año de la Tierra se ha hablado de clima y biodiversidad, pero también de la distribución de los humanos sobre el planeta. Distribución que cada vez más dará lugar a grandes ciudades.

 

En 1950, el 30% de la población mundial vivía en ciudades. En 2000, era el 47%.

 

En 2007, 3.300 millones de personas, más de la mitad de la población mundial, vive en las ciudades y el total podría llegar al 60% en 2030, es decir dentro de 22 años. Esta urbanización, en particular en los países en vías de desarrollo, crea muchos desafíos. Hoy día hay 65 ciudades con más de 10 millones de habitantes. Las consecuencias incluyen polución, consumo de energía y generación de residuos, es decir: <<impactos ambientales locales y globales que necesitan ser cuidadosamente gestionados y mitigados>>.

 

Un clima distinto, especies que se extinguen a ritmo de minutero, mega-ciudades que cambian el paisaje de forma irreversible.

 

¿Debemos sentirnos culpables?

 

Y, por otra parte,

 

¿Hubiéramos podido hacerlo de otra forma…y al mismo tiempo acabar siendo tantos como somos, o sea, teniendo tanto éxito como especie?

 

<<Somos parte de la Naturaleza>>, dice José Luis Sanz, paleontólogo de la Universidad Autónoma de Madrid. <<Todo lo que hacemos forma parte de la evolución de la vida, de las complejas interacciones entre la biosfera, la hidrosfera, la litosfera, la atmósfera…¡Tan natural es un volcán como el Empire State Building!

 

Formamos parte del proceso natural y no debemos demonizarnos. Pero no podemos evitar tener muchos problemas con la desaparición de ecosistemas enteros. Es una lástima que desaparezcan tantas especies, que desaparezca tanta riqueza.

 

Sobre si la transformación masiva y acelerada del entorno es el precio que exige el desarrollo, Federico Aguilera Klink, economista de la Universidad de La Laguna, premio Nacional de Economía y Medio Ambiente, lo ve más bien al revés: <<el modelo económico actual conduce al fracaso, no al éxito. La capacidad humana de alterar el planeta es el resultado de la falta de inteligencia de los dirigentes políticos y empresariales, así como el predominio de los intereses monetarios, para aprender que la economía depende de la naturaleza. El principal problema ambiental es la lógica económica que predomina y que ignora las reglas biofísicas>>.

 

¿Qué economía y qué estilos de vida son compatibles?

 

Paradójicamente, estos conocimientos se tienen desde hace tiempo en economías menos desarrolladas, pues aprendieron lo que tiene que ser una economía al servicio de la sociedad, y no al revés.

 

Por ahora parece claro que la capacidad del Homo sapiens para transformar su entorno resulta nefasta, al menos para sus compañeros de planeta.

 

Pero ¿cómo nos afectará a nosotros mismos?

 

Por ahora, los humanos están, como las algas y las bacterias, en el top ten de éxitos evolutivos. Pero ¿Por cuánto tiempo? También lo estuvieron los dinosaurios, y durante más de 200 millones de años…

 

¿Qué pasará dentro de un millón de años?

 

Para los geólogos, el millón de años es la unidad de tiempo, un instante en la historia. Sin embargo, en ese momento, la Tierra ya será sin duda distinta: el viaje en barco de España a América del Norte será más largo porque el océano Atlántico se está abriendo; el Himalaya habrá subido entre 5 y 10 metros; el estrecho de Gibraltar se habrá estrechado mucho más y le faltarán sólo dos millones de años para cerrarse del todo.

 

Ahora bien: ¿Habrá por entonces algún humano interesado en cruzarlo?

 

Ésa es la gran pregunta: ¿Sobreviviremos nosotros mismos como especie?

 

Se admiten apuestas. En cualquier caso, la Tierra seguirá siendo un planeta más en el universo, presumiblemente azul. Quizá una vía de salida a este atolladero sea una huida hacia adelante… tecnológica. Depósitos en el subsuelo de dióxido de carbono capturados de la atmósfera; células fotovoltaicas mucho más eficientes; reactores nucleares – y sus consiguientes depósitos de residuos- mucho más seguros.

 

¿Abrirá la tecnología una vía de escape?

 

<<Confío absolutamente en el conocimiento humano>>, dice José Luis Sanz, el paleontólogo  experto en dinosaurios. <<La ciencia y la tecnología pueden dar respuestas cada vez más eficaces a los problemas que hemos creado. Ahora bien, la aplicación de esta tecnología por parte de los dirigentes es otra cosa>>.

 

<<Sí, la tecnología está mejorando exponencialmente>>, dice Francisco Anguita, geólogo de la Complutense de Madrid.

 

Pero a él le da lo mismo:

 

<<el problema no es tecnológico, sino psicológico: hay una carrera suicida por vivir mejor y, sobre todo, porque se note que vivimos mejor. Ese mito absurdo del desarrollo sostenible nos permite seguir destruyendo el planeta sin alta conciencia>>.

 

<<No hay soluciones tecnológicas a problemas sociales y a lógicas económicas insostenibles que siguen haciendo creer que vivimos en un planeta infinito. Nos falta inteligencia y humildad>>.

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Acerca de ekadantamedialuna

No hay problemas, cada semilla sabe perfectamente como llegar a ser un arbol...
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